lunes, 28 de noviembre de 2016

El Universo en 1 minuto: ¿Cuál es el destino del Universo?


He tenido el honor de escribir el guión del último capítulo de la serie de vídeos "El Universo en 1 minuto" dirigida por Rubén Lijó, titulado "¿Cuál es el destino del Universo?", 23 de noviembre de 2016. Espero que lo disfrutéis.

Es mi segunda colaboración, después de ¿Qué es la materia oscura? y me siento muy orgulloso de haber participado en esta fabulosa serie, aunque también algo apenado por haberse terminado. Rubén, muchas gracias por haber confiado en mí para este proyecto.

Para el que no la conozca, "El Universo en 1 minuto" es una propuesta de Vector Producciones, cuyo objetivo es contar la historia del Universo hasta nuestros días con vídeos de un minuto. Como complemento a los vídeos, la propuesta incluye también un material didáctico que los profesores pueden usar como apoyo en sus clases de ciencia.

Esta iniciativa cuenta con la colaboración de tres de las plataformas más importantes y activas de la divulgación científica en español, como son NaukasHablando de Ciencia y la Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico. Algunos de sus colaboradores habituales han creado y supervisado el contenido de los vídeos y fichas para asegurar la calidad y el rigor de los mismo, sin perder el punto de vista ameno. Entre los expertos se encuentran profesores, doctores e incluso catedráticos de materias tan diversas como la física, la química, la biología y la biotecnología. El proyecto es totalmente altruista.

Por si alguien lo dudaba, la distribución está sujeta a una licencia Creative Commons (by-nc-nd) que permite su visualización libre sin ningún tipo de intención comercial. Todo el material producido en el proyecto estará disponible íntegramente online sin restricciones. Cualquier profesor, alumno o particular podrá reproducir los contenidos y acceder a las fichas de forma gratuita, usando esta información de la manera que considere más apropiada, ya sea en las aulas, en eventos de ciencia o bien a modo personal para ampliar conocimientos.

Los primeros capítulos se empezaron a publicar a finales del pasado mes de febrero, a ritmo de uno por semana, hasta terminar el presente 2016. Estas "píldoras" científicas están encuadradas en tres grandes bloques: El Universo, La Tierra y la Vida, y El Ser Humano. Puedes seguir la serie en Twitter a través del hashtag #Universo1min, en Naukas, en Hablando de Ciencia y en el canal de YouTube de Rubén Lijó, entre otras fuentes.

Os dejo para terminar más información publicada en Hablando de Ciencia, así como los enlaces a los capítulos aparecidos hasta ahora:

martes, 22 de noviembre de 2016

Reseñas HdC: AHORA. La física del tiempo

(Esta entrada se publicó primero en Hablando de Ciencia.)

AHORA. La física del tiempo
Autor: Richard A. Muller
Editorial: PASADO Y PRESENTE, S.L.
Traductor: Francisco Martín Arribas
Colección: ENSAYO
Materias: FÍSICA
Año: 2016
Páginas: 350
ISBN: 978-84-944950-6-9
PVP: 24,00€


SINOPSIS
Ahora”, este momento preciso, es la unidad de creación temporal más compleja y fascinante a la que la mente humana pueda enfrentarse. Richard Muller, profesor emérito en la Universidad de Berkeley, que cuenta entre sus alumnos a premios Nobel de física, y una de las voces más comprometidas con el cambio climático, ha decidido analizar todo el potencial de ese instante aparentemente inasequible y que sin embargo conforma nuestro tiempo presente.

Sus trabajos acerca del papel de la energía oscura en la aceleración del universo le han permitido aportar una visión distinta del tiempo y de cómo se constituye. Cómo el discurrir del tiempo aumenta el desorden del universo. El tiempo cuántico. Cómo el futuro afecta al pasado. El descubrimiento de una cuarta dimensión en el Big Bang. Son algunos de los aspectos que Muller desgrana con una claridad expositiva extraordinaria, muy poco habitual en el intento de la física, la filosofía e incluso de la religión por asir conceptualmente ese momento resbaladizo y crucial: el ahora.

RESEÑA
Todos percibimos a diario que el tiempo transcurre: el pasado es aquello que dejamos atrás y que ya no se puede alterar, a diferencia del futuro, que todavía está por determinar; la realidad, el ahora, en cambio, es lo que existe en el momento presente.

Detrás de este concepto tan intuitivo, se esconde uno de los misterios más profundos de nuestro universo. Todos hemos roto en alguna ocasión un vaso, pero nadie ha visto que un vaso roto se reconstruya del suelo a partir de sus pedazos. ¿Por qué el tiempo siempre transcurre hacia adelante y nunca hacia atrás? Esta pregunta, en apariencia sencilla, se ha resistido a los grandes pensadores de la humanidad desde hace siglos. Ni siquiera los científicos de la actualidad tienen claro exactamente lo que es el tiempo, aparte de formar, junto con las tres dimensiones espaciales, una entidad de cuatro dimensiones que Einstein llamó espacio-tiempo. Lo más desconcertante es que las leyes fundamentales de la física funcionan igual de bien aplicadas hacia atrás en el tiempo; no hay nada en ellas que distinga entre el pasado y el futuro, pese a lo cual la flecha del tiempo siempre apunta del pasado al futuro, y no al revés.

En su nuevo libro, el físico Richard A. Muller acepta el desafío de intentar explicar qué es el tiempo, lo que ya sabemos y lo que todavía ignoramos. No es tarea fácil, pues para ello hay que manejar conceptos como la entropía, los agujeros de gusano, la energía oscura, la física cuántica y la teoría de cuerdas. Por suerte, Muller siempre encuentra la manera de explicar al lector los conceptos más complejos de una forma clara y sencilla, aportando datos o recurriendo, si hace falta, a Calvin y Hobbes o Terminator. El resultado es un libro que resulta fácil de leer a pesar de la profundidad de los temas que trata. El listón estaba muy alto después de su anterior libro (Física para futuros presidentes, uno de mis libros de divulgación científica de referencia), y lo cierto es que el autor ha superado el examen con nota.


Richard A, Muller, en una imagen de su web

Richard A. Muller (1944) es un físico estadounidense y profesor emérito en la Universidad de Berkeley. Investigador sénior del Lawrence Berkeley National Laboratory, ha recibido varios reconocimientos a sus trabajos experimentales, entre ellos la beca MacArthur en 1982, también conocida como el premio de los genios, y el Breakthrough Prize en 2015 al formar parte del equipo que puso de manifiesto la aceleración del universo. En su calidad de experto, Muller ha sido asesor gubernamental al más alto nivel y aparece en muchos programas especiales y documentales de los canales de televisión pública de Estados Unidos y Gran Bretaña. Es autor del éxito de ventas Física para futuros presidentes (2008), basado en sus clases de física en Berkeley para universitarios sin formación científica, votadas en más de una ocasión por los estudiantes como “la mejor clase del campus”. En 2010, fundó junto a su hija el grupo Berkeley Earth, una organización destinada a estudiar los efectos del cambio climático y a concienciar a todos sobre sus terribles efectos.

Después de este impresionante currículum, volvamos al libro que nos ocupa. Ahora se estructura en cinco grandes partes: Tiempo asombroso, Flecha rota, Física horripilante, Física y realidad y Ahora. Como colofón, el libro termina con cinco apéndices donde el autor profundiza en algunos de los temas que ha tenido que pasar de puntillas en el libro, como las matemáticas de la relatividad especial o el principio de incertidumbre.

En la primera parte, Tiempo asombroso, Muller comienza hablando de algunos aspectos del tiempo que chocan contra nuestro sentido común. Gracias a Albert Einstein y su teoría de la relatividad, hoy sabemos que el tiempo no es absoluto, sino que depende del observador: se ralentiza para un observador que se mueve con respecto a otro a gran velocidad o por efecto de la gravedad. Esta dilatación del tiempo tiene implicaciones sobre nuestra vida cotidiana. El GPS, el sistema de satélites que evita que nos perdamos, depende directamente de la relatividad de Einstein; de no ser así fallaría su posición en 2,4 kilómetros. Una de las consecuencias de la relatividad del tiempo es que la simultaneidad de dos sucesos es también relativa a cada observador. Es decir, dos sucesos que ocurren al mismo tiempo para un observador, no ocurren simultáneamente para otro observador que se esté moviendo respecto al primero. Todo esto es imprescindible para entender el significado de ahora.

En la parte II, Flecha rota, Muller desmonta “la teoría que más ha impedido el progreso en la concepción del ahora”, en sus propias palabras. Esa pieza mal colocada en nuestro rompecabezas es la teoría del físico inglés Arthur Eddington en la que intentaba dar una explicación sobre la flecha del tiempo, esto es, el hecho de que el pasado determina el futuro y no al revés. Eddington atribuía el fluir del tiempo al aumento de la entropía, una medida del desorden del universo. Según Muller, Eddington lo interpretó al revés. El fluir del tiempo hace que aumente la entropía, no al contrario. Y para ello nos da una clase magistral de cosmología remontándose varias décadas para explicarnos algunos de los grandes descubrimientos del siglo XX, como el descubrimiento de la radiación de fondo de microondas o el hallazgo de la expansión acelerada del universo, en la que el propio autor tuvo un papel importante.

La parte III, Física horripilante, añada otro elemento esencial para la concepción del ahora: la extraña y desconcertante física cuántica. En el mundo subatómico, el reino de la física cuántica, las partículas se comportan como ondas y las ondas como partículas; los fenómenos no pueden conocerse con total precisión; y cualquier partícula puede encontrarse en una superposición de estados. Por si fuera poco, un misterioso fenómeno llamado entrelazamiento cuántico permite que las propiedades de dos partículas entrelazadas cambien a la vez por muy alejadas que se encuentren. Muller admite que este y otros aspectos de la física cuántica le causan cierta desazón, como ya le pasara a Einstein, quien la calificaba como horripilante. Pero lo cierto es que la física cuántica ha aprobado con nota hasta ahora todos los exámenes, ya que sus predicciones coinciden con los resultados experimentales hasta en diez decimales.

En la parte IV, Física y realidad, Muller reflexiona sobre las limitaciones de la física. Porque, por sorprendente que parezca, la física es una teoría incompleta y nunca podrá abarcar toda la realidad. El motivo es que se basa en las matemáticas, y estas son incompletas, tal y como demostró Kurt Gödel en el teorema que lleva su nombre. Esta parte, en mi opinión, no termina de encajar con el resto del libro, pues se deja a un lado el tiempo y el ahora, para tratar temas menos científicos como la religión, el llamado fisicalismo o el libre albedrío. Eso sí, me ha gustado la definición de ciencia que hace el autor, según la cual es "un subconjunto del conocimiento por el que podemos aspirar a un consenso universal. La ciencia dispone de los medios para resolver controversias, para determinar qué es correcto y qué no".

En la parte V y última del libro, Ahora, las piezas encajan finalmente en el rompecabezas. Para entender la causa del fluir del tiempo hay que remontarse al Big Bang; entonces se inició, no solo la expansión del espacio, sino también la progresión del tiempo. Ese nuevo tiempo es la clave del ahora. Muller lo explica de forma muy clara en el siguiente párrafo:
"El fluir del tiempo no lo determina la entropía del universo, sino el propio Big Bang. El futuro no existe aún; se está creando. Ahora está en la frontera, en la vanguardia, es el nuevo tiempo que sale de la nada, filo rector del tiempo."
Ya lo dijo San Agustín en el siglo V: "¿Qué es el tiempo? Si alguien me lo pregunta, sé lo que es; si quiero explicarlo, no lo sé." Richard A. Muller tampoco tiene la respuesta completa, pero gracias a este libro podemos conocer las últimas indagaciones sobre este tema tan fascinante.

jueves, 20 de octubre de 2016

William Parsons y la construcción del mayor telescopio del mundo

William Parsons (1800-1867), tercer conde de Rosse | Fuente

William Parsons nació el 17 de junio de 1800, en York, Inglaterra. De familia noble, su abuelo fue el primer Conde de Rosse y su padre tuvo un papel destacado en el parlamento irlandés desde 1782. William, tercer Conde de Rosse, estudió en Dublín y completó su formación en Oxford. Aunque nunca fue un estudiante brillante, sí demostró un notable talento en las cuestiones prácticas y acabó convirtiéndose en un habilidoso mecánico, un experimentado fundidor y un ingenioso óptico. 

Poco después de terminar sus estudios, Parsons ya había llegado a la conclusión de que apenas se habían realizado grandes avances en la construcción de telescopios desde la época dorada del astrónomo William Herschel, varias décadas atrás. El principal inconveniente es que Herschel no había dejado ni un solo detalle de sus métodos de forjado y pulido de espejos antes de morir. Quien intentara superar al maestro tendría que partir de cero y desarrollar sus propias técnicas.

El descomunal telescopio de 1,2 m, construido por Herschel en 1789 | Fuente

Parsons aceptó el reto y empezó a experimentar con una aleación de estaño y cobre, en proporción de cuatro a uno. A partir de 1828, y durante un periodo de 17 años, construyó primero un modesto telescopio reflector de 38 cm, luego otro de 61 centímetros y, por último, un telescopio de 91 centímetros, con los que consiguió unos resultados destacados. Por el camino desarrolló algunas ingeniosas mejoras, como una máquina automática de pulido del espejo, alimentada a vapor. Y todo ello lo logró sin salir de su castillo de Birr, en Parsonstown, una pequeña ciudad a 100 km de Dublín.

El castillo de Birr, en la actualidad | Fuente

Entusiasmado con sus progresos, en 1842 estaba preparado para enfrentarse al mayor desafío de su vida: construir el telescopio más grande del mundo. Se necesitaron 80 metros cúbicos de turba para fundir los ingredientes del espejo, que pesaba 4 toneladas, medía 1,8 metros de diámetro y tenía 15 cm de espesor. Solo en enfriarse tardó 6 semanas a temperatura ambiente...irlandesa. El proceso de forjado y enfriamiento era tan delicado que tuvo que repetirlo varias veces, ya que el frágil espejo se acababa fracturando en alguna de las etapas; la más dolorosa de ellas justo cuando estaba a punto de colocarlo en el telescopio. Parsons tardaría tres años en conseguir montar un espejo en el impresionante tubo de 16 metros de largo. Dicho tubo estaba colgado de dos paredes de mampostería, de 22 metros de largo y 17 de alto, que lo protegían del viento.

En 1845, tras haber invertido el equivalente a un millón de libras actuales de su propio bolsillo, Lord Rosse pudo terminar por fin su descomunal telescopio, y empezó a hacer observaciones con él. La operativa no era sencilla: mientras lord Rosse mantenía el equilibrio colgado de un andamio, varios trabajadores accionaban manivelas, plataformas y poleas para colocar el telescopio a la altura apropiada. La lucha con aquella gigantesca máquina se repetía noche tras noche, motivo por el cual llegó a ser conocida como el Leviatán de Parsonstown.

El Leviatán, en un grabado de la época | Fuente

El esfuerzo mereció la pena, ya que Rosse pudo disfrutar con una espectaculares vistas del cielo nocturno, aunque eso solo ocurría cuando el clima de Irlanda se lo permitía. El caso es que, entre nube y nube, Rosse fijó su atención en las nebulosas. Hasta entonces, los telescopios no habían sido capaces de revelar muchos detalles acerca de su naturaleza. El Leviatán de Parsonstown empezó a mostrar que éstas tenían una estructura interna bien definida. La primera nebulosa en sucumbir al Leviatán fue Messier 51, que se convirtió en objeto del dibujo asombrosamente detallado por parte de Rosse. Este pudo discernir claramente que M51 tenía una estructura espiral. El dibujo de Rosse llegó a ser muy conocido en toda Europa, e incluso se ha sugerido que inspiró a Van Gogh en la creación de su cuadro La noche estrellada.

Boceto dibujado por Rosse junto con imagen moderna de M51 | Fuente

La noche estrellada (Van Gogh, 1889) | Fuente

Aunque la verdadera naturaleza de estas nebulosas no se descubriría hasta la década de 1920, Rosse ya comprendió que éstas eran algo más que una mera nube gaseosa; algunas de ellas eran auténticas colecciones de estrellas.

El Leviatán de Parsonstown fue el telescopio más grande del mundo durante más de setenta años, cumpliendo el sueño de lord Rosse. Su fama fue tal que aparece nombrado en la novela de Julio Verne De la Tierra a la Luna (1865).

Lo cierto es que, en la práctica, el Leviatán se utilizaba muy de vez en cuando. Se podía mover arriba y abajo, pero apenas tenía juego de lado a lado, lo que limitaba mucho la región del cielo accesible. Otro problema era el clima de la región. El cielo estaba nublado la mayor parte del tiempo y la distorsión atmosférica hacía que las estrella titilaran, dificultando las observaciones. Los astrónomos aprendieron la lección y, a partir de entonces, no solo pensaron cómo construir los telescopios, sino también dónde construirlos.

En la actualidad, el Leviatán de Parsonstown ha sido restaurado en su emplazamiento original, integrado en el Museo de la Ciencia que el séptimo conde de Rosse ha abierto en el castillo de Birr.


El Leviatán, reconstruido en la actualidad | Fuente
BIBLIOGRAFÍA:

  1. Robert S. Ball (1907). Great astronomers. Sir Isaac Pitman & Sons LTD.
  2. Simon Singh (2014). Big Bang. Biblioteca Buridán.
  3. Helge Kragh (2008). Historia de la cosmología. Editorial Crítica.

jueves, 15 de septiembre de 2016

Harlow Shapley (II): El Gran Debate

(Puedes leer la primera parte de esta serie en este enlace)

La nebulosa espiral M101, captada en 1916 | Fuente

Desde el siglo XIX se habían descubierto en el cielo unos objetos astronómicos que fueron bautizados como nebulosas espirales. Nadie sabía cuál era la naturaleza de estos misteriosos objetos, ni siquiera a qué distancia estaban exactamente. ¿Formaban parte de nuestra propia galaxia, la Vía Láctea, o ellas mismas eran galaxias con todas las de la ley? Los astrónomos del Observatorio del Monte Wilson defendían que la Vía Láctea era una enorme galaxia que contenía a todo el universo. En cambio, sus colegas del Observatorio Lick creían firmemente que las nebulosas eran galaxias por derecho propio, independientes de la Vía Láctea.

A sugerencia del astrónomo George Ellery Hale, la Academia Nacional de Ciencias de Washington reunió a ambas facciones para que debatiesen la cuestión delante de los más eminentes científicos del país. El llamado Gran Debate tuvo lugar en el Museo de Historia Natural de Washington, la noche del 26 de abril de 1920. Desde el Observatorio Lick vino Herber Curtis, un astrónomo de impecable reputación y bien conocido por la autoridad y confianza con la que se expresaba. Por parte del Observatorio del Monte Wilson acudió un joven y ambicioso astrónomo llamado Harlow Shapley. Ambos tenían 45 minutos para realizar una presentación sobre “la escala de distancias del universo”.

Shapley (izquierda) y Curtis (derecha) | Fuente

Muy pronto quedó de manifiesto que Shapley no tenía las tablas de su oponente. Estaba nervioso y simplemente leyó su presentación: diecinueve páginas escritas a máquina con algunas correcciones hechas a mano. Su enfoque era tan básico que tardó seis páginas en llegar a la definición de año luz. Curtis, por su parte, tenía su charla resumida en diapositivas, como haría cualquier conferenciante de la actualidad. Si hubiese sido por una cuestión de estilo, el ganador habría sido Curtis, sin duda.

En cuanto al contenido, cada uno de ellos tenía razón en alguno de sus argumentos y se equivocaba en otro. Shapley situaba el Sol lejos del centro de una gran galaxia, en la que las nebulosas espirales no eran más que nubes de gas repelidas por la presión de la luz de la Vía Láctea. Su principal argumento se basaba en los cálculos del astrónomo Adriaan van Maanen, que había medido el movimiento de las estrellas en algunas nebulosas espirales, de lo que dedujo -erróneamente, como se demostró luego- una distancia excesivamente próxima a la Tierra.

Adriaan van Maanen (1884-1946) | Fuente

Por su parte, Curtis estaba convencido de que la Vía Láctea era una galaxia relativamente pequeña, y que las nebulosas espirales eran galaxias muy lejanas, o universos-isla, usando el término empleado por el filósofo del siglo XVIII Immanuel Kant, quien también estaba convencido que las nebulosas espirales no pertenecían a nuestra galaxia. En su contra, colocaba al Sol en el centro de la Vía Láctea, entre otras cosas, porque no creía que las estrellas Cefeidas fuesen buenos indicadores de distancia.

Lo cierto es que no hubo un claro vencedor, y como sucede en la mayoría de los casos, el debate científico no decidió nada a falta de nuevas evidencias. Para ello, hubo que esperar a que entrara en escena un hombre destinado a cambiar la historia de la astronomía: el estadounidense Edwin Hubble.

Edwin Hubble (1889-1953) | Fuente

En 1924, Hubble identificó estrellas Cefeidas en la galaxia de Andrómeda (M31) usando el telescopio Hooker de 100 pulgadas del Observatorio Wilson. Estas estrellas permitieron estimar a Hubble que la distancia hasta M31 era de más de 900.000 años luz, mucho mayor que el tamaño propuesto por Shapley para nuestra galaxia. Cuando Hubble le escribió al año siguiente anunciándole su descubrimiento, Shapley apuntó en su diario: “Esta es la carta que ha destruido mi universo”.

La placa fotográfica en la que Hubble identificó la primera Cefeida en M31 | Fuente

A medida que se fueron calculando las distancias a otras nebulosas espirales y acumulando pruebas a su favor, hubo consenso entre los científicos que las nebulosas espirales eran galaxias muy lejanas. Aunque había acertado al destronar al Sol de su posición privilegiada en el centro de la galaxia, Shapley tuvo que admitir que estaba equivocado en el principal argumento del Gran Debate. Ahora sabemos que el universo observable se compone de miles de millones de galaxias, y que las nebulosas espirales son, en efecto, galaxias como la nuestra.

BIBLIOGRAFÍA:
  1. Simon Singh (2014). Big Bang. Biblioteca Buridán.
  2. Timothy Ferris (1990). La aventura del universo. Editorial Crítica.
  3. Harlow Shapley, Herber Curtis (1921). The scale of the universe. Bulletin of the National Research Council.
  4. Virginia Trimble (1995). The 1920 Shapley-Curtis Discussion: Background, Issues, And Aftermath. Publications of the Astronomical Society of the Pacific 107, 1133-1144.




lunes, 5 de septiembre de 2016

Harlow Shapley (I): El astrónomo que destronó al Sol

Harlow Shapley (1885-1972) | Fuente

Harlow Shapley nació el 2 de noviembre de 1885, en una modesta granja de Nashville, Missouri (Estados Unidos). Alternó sus estudios de secundaria con un trabajo como periodista en la sección de sucesos de un periódico de Kansas, hasta que, en 1907, consiguió entrar en la Universidad de Missouri. Al descubrir que la apertura de la Escuela de Periodismo se había aplazado un año, decidió estudiar la primera carrera que apareciera en el catálogo de cursos. Descartada arqueología, porque no podía pronunciar bien su nombre, escogió la siguiente. Era astronomía.

Aunque no puede decirse que entrara en la astronomía por vocación, Shapley sí demostró tener mucho talento para la materia. Terminó sus estudios en 1911 e hizo el doctorado en Princeton con el destacado astrónomo Henry Norris Russell como mentor. Su trabajo llamó la atención de otro gran astrónomo, George Ellery Hale, que decidió contratarlo para trabajar en el Observatorio del Monte Wilson, del que era director. Allí empezó a estudiar las estrellas Cefeidas, las cuales, como bien había demostrado Henrietta Leavitt, podían usarse para medir distancias astronómicas, gracias a la relación existente entre su luminosidad y su periodo. Shapley fue el primero en proponer que las Cefeidas eran en realidad púlsares, en lugar de estrellas binarias como se creía entonces. Las Cefeidas iban a jugar un papel fundamental en el descubrimiento más importante de Shapley: la posición del Sol en nuestra galaxia.

Marcadas con un círculo rojo, las Cefeidas de la galaxia UGC 9391 | Fuente

Hasta ese momento, los astrónomos estaban convencidos que el Sol se hallaba muy cerca del centro de nuestra galaxia, puesto que la Vía Láctea nos rodeaba de forma más o menos uniforme, formando un gran arco en el cielo. Existía, sin embargo, una importante asimetría que los científicos no eran capaces de explicar. Estos sabían que las estrellas podían agruparse en los llamados cúmulos globulares, sistemas estelares de forma redondeada que contienen centenares de miles de estrellas cada uno. Pero estos cúmulos globulares no aparecían repartidos con regularidad en el firmamento. En particular, casi un tercio de los cúmulos globulares se concentraban en la constelación de Sagitario, la región más brillante y plagada de estrellas de todo el firmamento.

La Vía Láctea aparece más brillante en la dirección de la constelación de Sagitario | Fuente

En 1918, Shapley emprendió la tarea de determinar las distancias a todos los cúmulos globulares de la galaxia. Gracias al nuevo telescopio reflector de 100 pulgadas -el mayor del mundo en su época- que se había instalado en el Observatorio del Monte Wilson el año anterior, pudo hallar estrellas Cefeidas en estos cúmulos globulares y, a partir de ahí, determinar sus distancias. Una vez obtenidos todos los datos, Shapley pudo construir un modelo tridimensional de los cúmulos globulares. El resultado no dejaba lugar a dudas: estos formaban una esfera alrededor de un punto muy alejado del Sol. Desde nuestro punto de vista, el centro se encontraba en la constelación de Sagitario.

Shapley supuso correctamente que los cúmulos globulares se distribuían en torno al centro de la Galaxia. Según sus estimaciones, la distancia que nos separa del centro de la galaxia era de 28.375 años luz, solo ligeramente superior a las mejores estimaciones actuales. Al mismo tiempo, sus cálculos pusieron de manifiesto que el tamaño de nuestra galaxia era mucho mayor de lo que se creía entonces, pues contenía al menos 100.000 millones de estrellas.

Distribución de los cúmulos globulares en la Vía Láctea. El punto rojo indica la posición del Sol | Fuente

Hoy sabemos que el centro de la galaxia se encuentra a 27.700 años luz, y que la Vía Láctea tiene un diámetro aproximado de 100.000 años luz. Nuestro sistema solar no se halla, ni mucho menos, en el centro de la galaxia, sino a unos 20.000 años luz de uno de sus bordes y a 80.000 años luz del otro. 

Retrato de la Vía Láctea, con el Sol en uno de sus brazos | Fuente

A mediados del siglo XVI, Nicolás Copérnico había apartado a la Tierra de su posición privilegiada dentro de nuestro sistema solar, pasando a ser otro de los planetas que giraba alrededor del Sol. Casi cuatrocientos años después, Shapley destronaba al Sol alejándolo del centro del universo y mandándolo a la periferia de la Vía Láctea, una más de las miles de millones de estrellas que forman nuestra galaxia. 

BIBLIOGRAFÍA:
  1. Jeremiah P. Ostriker, Simon Mitton (2014). El corazón de las tinieblas. Editorial Pasado & Presente.
  2. Lawrence M. Krauss (2013). Un universo de la nada. Editorial Pasado & Presente.
  3. Isaac Asimov (1990). Historia y cronología de la ciencia y los descubrimientos. Editorial Ariel.